Inteligencia Emocional

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  • Published: September 26, 2009
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Daniel Goleman

Inteligencia Emocional

EL DESAFÍO DE ARISTÓTELES3

PARTE I7

EL CEREBRO EMOCIONAL7

1. ¿PARA QUÉ SIRVEN LAS EMOCIONES?8

2. ANATOMÍA DE UN SECUESTRO EMOCIONAL14

PARTE II24

LA NATURALEZA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL24

3. CUANDO EL LISTO ES TONTO25

4. CONÓCETE A TI MISMO34

5. ESCLAVOS DE LA PASIÓN40

6. LA APTITUD MAESTRA55

7. LAS RAÍCES DE LA EMPATÍA66

8. LAS ARTES SOCIALES75

PARTE III85

INTELIGENCIA EMOCIONAL APLICADA85

9. ENEMIGOS ÍNTIMOS86

10. EJECUTIVOS CON CORAZÓN98

11. LA MENTE Y LA MEDICINA108

PARTE IV122

UNA PUERTA ABIERTA A LA OPORTUNIDAD122

12. EL CRISOL FAMILIAR123

13. TRAUMA Y REEDUCACIÓN EMOCIONAL130

14. EL TEMPERAMENTO NO ES EL DESTINO140

PARTE V148

LA ALFABETIZACIÓN EMOCIONAL148

15. EL COSTE DEL ANALFABETISMO EMOCIONAL149

16. LA ESCOLARIZACIÓN DE LAS EMOCIONES168

APÉNDICE A ¿QUÉ ES LA EMOCIÓN?185

APÉNDICE B PARTICULARIDADES DE LA MENTE EMOCIONAL187

APÉNDICE C LOS CIRCUITOS NEURALES DEL MIEDO191

APÉNDICE D EL CONSORCIO W.T. GRANT LOS COMPONENTES ACTIVOS DE LOS PROGRAMAS DE PREVENCIÓN193

APÉNDICE E EL CURRICULUM DE SELF SCIENCE194

APÉNDICE F APRENDIZAJE SOCIAL Y EMOCIONAL: RESULTADOS195

NOTAS199

EL DESAFÍO DE ARISTÓTELES

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno. Con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.

Aristóteles, Ética a Nicómaco.

Era una bochornosa tarde de agosto en la ciudad de Nueva York. Uno de esos días asfixiantes que hacen que la gente se sienta nerviosa y malhumorada. En el camino de regreso a mi hotel, tomé un autobús en la avenida Madison y, apenas subí al vehículo, me impresionó la cálida bienvenida del conductor, un hombre de raza negra de mediana edad en cuyo rostro se esbozaba una sonrisa entusiasta, que me obsequió con un amistoso «¡Hola! ¿Cómo está?», un saludo con el que recibía a todos los viajeros que subían al autobús mientras éste iba serpenteando por entre el denso tráfico del centro de la ciudad. Pero, aunque todos los pasajeros eran recibidos con idéntica amabilidad, el sofocante clima del día parecía afectarles hasta el punto de que muy pocos le devolvían el saludo. No obstante, a medida que el autobús reptaba pesadamente a través del laberinto urbano, iba teniendo lugar una lenta y mágica transformación. El conductor inició, en voz alta, un diálogo consigo mismo, dirigido a todos los viajeros, en el que iba comentando generosamente las escenas que desfilaban ante nuestros ojos: rebajas en esos grandes almacenes, una hermosa exposición en aquel museo y qué decir de la película recién estrenada en el cine de la manzana siguiente. La evidente satisfacción que le producía hablarnos de las múltiples alternativas que ofrecía la ciudad era contagiosa, y cada vez que un pasajero llegaba al final de su trayecto y descendía del vehículo, parecía haberse sacudido de encima el halo de irritación con el que subiera y, cuando el conductor le despedía con un «¡Hasta la vista! ¡Que tenga un buen día!», todos respondían con una abierta sonrisa. El recuerdo de aquel encuentro ha permanecido conmigo durante casi veinte años. Aquel día acababa de doctorarme en psicología, pero la psicología de entonces prestaba poca o ninguna atención a la forma en que tienen lugar estas transformaciones. La ciencia psicológica sabía muy poco —si es que sabía algo— sobre los mecanismos de la emoción. Y, a pesar de todo, no cabe la menor duda de que el conductor de aquel autobús era el epicentro de una contagiosa oleada de buenos sentimientos que, a traves de sus pasajeros, se extendía por toda la ciudad. Aquel conductor era un conciliador nato, una especie de mago que tenía el poder de conjurar el nerviosismo y...
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